Su historia
El tunantero enamorado
Antes del escenario hubo una voz de madre. En Muquiyauyo, Jauja, ella animó al mayor de siete hermanos a cantar, y Mao cantó: en tardes folklóricas, en concursos, con las canciones del Chato Grados y el primer lugar muchas veces en las manos.
A los diecisiete bajó a Lima con su padre y un sueño. Era 1995. Julio Rosales Huatuco escuchó lo que el valle ya sabía y le abrió la puerta del primer disco. Nace una estrella fue el primero de doce. Después vino lo que el pueblo canta de memoria: una bella mujer y un adiós amor, un llanto a mi madre, la herida de saber cómo duele el corazón, los lamentos de amor del Santiago, la certeza de que escrito está por el destino, una arquitecta de mi alma y siempre, un beso más.
Su aporte tiene nombre: tunantada. La llevó del valle del Mantaro al Gran Teatro Nacional, de Jauja a Nueva York, y la vistió de orquesta sinfónica sin quitarle el polvo del camino. No cambió la música del centro del Perú. La hizo llegar más lejos.
Jauja lo nombró hijo ilustre; Muquiyauyo, hijo predilecto; Junín, su embajador. Pero los teatros, los premios y los aplausos vuelven siempre al mismo lugar: a un tunantero enamorado que canta porque su madre le dio el canto y su padre, el camino.
— Wilbert Miguel